Opinión

Nube Viajera: Centerfold

Hace muchísimos años Josefina Santacruz y yo iniciamos un proyecto hoy inconcluso. Un calendario al puro estilo taller mecánico que en lugar de mostrar increíbles mujeres con deliciosas curvas, mostraría hombres, cocineros todos, increíbles todos
viernes, 17 de septiembre de 2021 · 01:40

Siempre ha sido un tipo que me ha llamado la atención. Hace muchísimos años cenando en Juaninos iniciamos Josefina Santacruz y yo un proyecto hoy inconcluso. Un calendario al puro estilo taller mecánico que en lugar de mostrar increíbles mujeres con deliciosas curvas, mostraría hombres, cocineros todos, increíbles todos, con deliciosas curvas todos, y cada uno de ellos posando como nosotras los imaginamos. A ver si atan cabos, pero hay uno vestido de monje, otro de mara salvatrucha, otro en plan agricultor con las manos bien sucias de tierra y sacando zanahorias del surco, otro en su Mercedes viejito descapotable, con sombrero y la foto tomada en calles californianas con palmeras, sol y lente oscuro. Ese es Javier Plascencia, un tipo que, repito, siempre me ha llamado la atención.

De él recuerdo platos y momentos. Un borrego en un atardecer precioso en La Carrodilla, ese pastel de elote en Altozano, una de las cartas de vino mexicano más extensas que he hojeado. En su restaurante grandote del Valle de Guadalupe la he pasado muy bien y me he reído muchísimo. Celebro su propuesta de cocina, el encino por allá que luego se convirtió en Animalón, -hoy un enorme restaurante en el país comandado por Óscar-; celebro también el fueguito que se prende en esas bancas en los atardeceres y la risa y risa que ahí se da desatado. Como el día que ahí Yuriria me vació accidentalmente (por reírnos tanto) una copa de vino tinto en mi escotadísimo vestido de seda palo de rosa y que carcajeándonos juntas lavamos en el baño y secamos en ese sol intenso de verano en calzones.

Me gustaría que un día me invitara a surfear. Ya anduve por sus lares en Baja California Sur y no olvido unos betabeles con jocoque en Jazamango. Javier, como Benito y Hugo, fueron clave en un viaje que hice hace unos veranos de Cabo Pulmo a Ensenada en coche. 1500 kilómetros no todos de buena comida pero sí de misiones, mares, desiertos, hoteles como no hay en el mundo y atardeceres que no se han visto jamás tan lindos.

Le vengo siguiendo los pasos hace mucho y ni se da cuenta. Anduvo hace unos días por Axpe y me dio envidia ese solecito y ese campo, esa mantequilla, esa chuleta y esa carta de vinos que Mohammed diseña como pocos. Qué rico tomarse una Substance de Jacques Selosse en esa terraza con pan con chorizo, pronto, pronto somm. Es un poquito más grade que yo, no mucho, por lo que auguro que en la vida nos tocará hacer muchas cosas juntos a Javier y a mí. Mientras me ofrezca ostiones y me invite a comer esa tartaleta de foie abajo del centenario encino, le entro. Siempre ha sido un tipo que me ha llamado la atención.