Opinión

Nube Viajera: Tesoros de mi mar

Codiciados entre sibaritas, este bivalvo, sea en taco en Tabasco, así con mucha pimienta, o frescos, como más me gustan a mí, transporta...
viernes, 27 de agosto de 2021 · 01:10

Potentes, pero livianos es quizá lo que primero me viene a la mente al pensar en un plato de ostiones. Como nubes. 

Codiciados entre sibaritas, este bivalvo, sea en taco en Tabasco así con mucha pimienta, o frescos -como más me gustan a mí-, transporta. He de decir, me chocan los Rockefeller.

Ayer comí en Deckman’s. Ahí, bajo ese enorme árbol que cuando quiere protege del calor y cuando quiere castiga de frío, en donde he comido hacía cuentas, quizá unos 500 ostiones. Esos kumiai con todo su rollito de sustentable, amable, sostenible y et al; con mignonette perfecta y, si bien recuerdo, con algo de pirul y sal de Colima que invitan a la felicidad absoluta.

Y es que ese Pacífico norte y los litorales de Sonora, Baja California, Baja California Sur y Sinaloa, acarician los ostiones ya sea de captura o cultivo y los catapulta. 

Una vez me comí uno navegando en las costas de Jalisco del tamaño de mi mano. Soy más de formatos chiquitos y aunque Tomás me ha educado insistiendo con su ostión chingón, los míos, míos son pequeñitos. 

Siempre he pensado, qué hambre tendría el primero que se comió una ostra. ¿La habrá estrellado contra una roca, una gaviota?, ¿auto generó su mignonette con un cachito de alga, agua de mar y hasta con un pedacito perdido de erizo?

Me comí  ocho en Manzanilla la semana pasada y no puedo dejar de pensar en su color y en ese brillo y rarísimos grises de su concha y de su carne. Acompañados de una cerveza, me acordaba de otros que me dio un día Diego Hernández con una vinagretita de jitomate. Inolvidables. 

Quiero probar el ostión de mangle de color rojizo y concha asimétrica. Me cuentan que puedes comerlos a puños, como esos de Punta Pájaros que nos ofrecía Luis en días de mucho pensar en Oaxaca. 

Voy a buscar nuevos Sancerre para los ostiones que me falta comerme en la vida y quiero encontrar nuevos maridajes de esos que me tienen fascinada. 

Por lo pronto me los como con un Chasselas mexicano que, sin duda, los hace verdaderamente cachondos de ver y comerlos en enormes cantidades. 

Así la vida, a puños y viendo atardeceres que iluminan.