Opinión

Nube Viajera: La historia de un carpaccio de calabaza

Y pues me compré mi primer semillero... y comenzó la espera. ¿Cuánta agua?, ¿cuánto sol?...
viernes, 13 de agosto de 2021 · 02:00

Quiero ser agrónoma. He pensado en buscar el par de libros clave y estudiar, pero creo que los asuntos de la tierra son más bien de prueba y error. Me impacta la producción agrícola, en cualquiera de sus escalas mientras esté bien pensada y el respeto se note, sean los chilares zacatecanos que recorrí o el romero silvestre de mi antiguo rancho en el Valle de Guadalupe con el que infusioné aceite de oliva.

Y pues me compré mi primer semillero. Con todo y su tapita-invernadero, andaba recorriendo Texas y me metí a esas gigantes tiendas de autoservicio especializadas en jardinería -me fascinan-, y compré una charola para germinación de 100 plántulas (me pareció en su momento un huerto entero y hoy ni tanto).

Y comenzó la búsqueda de semillas. Había guardado unas de jitomate riñón que le llevé a Buenos Aires a mi amigo Marcos; y, en un sobrecito, tenía otras de alguna variedad de tomate que me regaló Mauro Colagreco de sus jardines de Menton, -hermosísimo regalo querido, gracias de nuevo-. Busqué de cherry, de heirloom y hasta ahí de la familia de las solanáceas.

Encontré cebolla de cambray, betabel, calabacita, arúgula y todo tipo de plantas y hierbas aromáticas, desde albahaca hasta ruda. Con cucharita de peltre y con look citadino tapicé los semilleros y comenzó la espera. ¿Cuánta agua?, ¿cuánto sol?. La época de lluvias y a veces un par de copas de vino de más no ayudaron; se me olvidaban en el aguacero y un fin de semana entero sufrieron de sequía al lado de mi tina. No salía nada. Con paciencia humedecía cada huequito con un atomizador y nada, pasaron 18 días y no nacía nada. 

A punto de abortar la misión, una mañana de sol les canté un poquito Silvio Rodríguez y esas canciones que me llenan el corazón de recuerdos. Y ahí la vi. La primer plantulita que se asomaba, una variedad de zuchini, e imaginé un carpaccio con láminas de parmesano, sal y aceite. El resto es historia. Cada día nació una nueva y supe que les gustaba más el agua de mi mano y estar calientitas en la noche. 

Viene la trasplantada y hoy comienza la fabricación de huacales para aquel huerto de azotea con el que he soñado. Quizá debí de haber aprendido en el campo y no en la ciudad, pero así me tocó. Algún día será rural y, como este fin de semana, hasta con víboras de cascabel. 

Ando buscando otras variedades, cosas más raras y toda ayuda será enormemente apreciada. Novata como soy ando chupando información como esponja. Ofrezco solecito y buena conversación de regreso, y, eventualmente, una mordida celebratoria a los jitomates como si fueran manzanas momento que marcará, seguramente, el inicio de un nuevo ciclo. Quiero ser agrónoma.