Opinión

Bitácora del paladar: Los platos de las navidades pasadas 

Pido a mi fantasma de las navidades futuras que me deje sentado en la mesa de donde nunca me tuve que parar...
viernes, 24 de diciembre de 2021 · 01:50

En la mañana de ese día mi padre salía con prisa al Mercado de Mixcoac, andaba en busca de camarones secos y de algunas papas blancas para añadirlas al consomé que, año con año, hace para Navidad. 

Mientras hacía ese recorrido, los sonidos de los cánticos navideños sonaron en muchas versiones pasillo a pasillo de ese viejo lugar. Las esferas y las luces se seguían vendiendo mientras que, al fondo del mercado, junto al estacionamiento había algunos pequeños árboles de Navidad olvidados e ignorados.  

Un tumulto se hizo en el pasillo de las gorditas de chicharrón y en un abrir y cerrar de ojos, la gente que transitaba por aquí, sintió algo que nació del paladar pasado y que le llevó a los hogares cálidos de la vida.  

En casa de la Tía Carmen, la limpieza de los romeritos es todo un arte. Mis dos primas sentadas a la mesa ayudaban, mientras que el Tío Luis escuchaba un viejo disco de Ray Conniff y daba lectura a su periódico. Los minutos pasaron y la música llevó de fondo el borboteo de un caldo que en su olla generó ese sonido único que sólo se da en una cocina. Había media luz en casa y se vivía una paz muy especial.  

Al otro lado de la ciudad, la música sonaba fuerte y con gran pasión mi prima Lorena bailaba mientras cortaba unas papas para acompañar el lomo que hubo que meterse al horno en breve. Los perros ladraban cada vez que alguien pasaba por la puerta de la casa y con ese grito de autoridad Braulio les callaba mientras el Tío Germán servía en un caballito ese tequila de garrafa que trajo hace unos días de jalisco.  

Amigos entran y amigos se van de esta casa. Pareciera que la degustación comienza a destiempo con las pequeñas pruebas de cocción donde una tortilla con salsa y algo de lomo forma un taco de generación espontánea.  

En un hogar de la colonia Narvarte, Toñita en la cocina, está preparando el pavo con receta en mano. Su cocina es espectacular y siempre cuida el método a detalle. Esta receta es herencia de su madre y para cada porción cocinada siempre existe una verificación.  

En el patio de atrás pegado a la cocina, su hermana Clarita, le manda una canasta desde la azotea de la casa contigua y le entrega unas manzanas para la consulta sobre el grado de madurez para el puré que habrán de preparar. Don Panchito duerme en su sillón y los gatos se le acercan sin subirse. El árbol navideño se puso hace un par de horas y hay un retardo en los preparativos de la cena.  

En Cuajimalpa, Naiqui ha salido al mercado, se ha dado cuenta de que le faltan pimientos para su pasta y la crema acida que compró es insuficiente. La mesa se comienza a colocar desde temprano; los manteles navideños tienen una raya por el doblez de la guarda y es por eso que Ferchis usa la plancha precalentada para quitarle esa terrible marca que no va con lo delicado de la mesa.  

Los vinos espumosos están en el refrigerador y Sebastián goza de una botana mientras conversa sobre los nuevos lanzamientos musicales del año. En las hornillas hay una olla con ponche y el horno lleva prendido desde temprana hora. Se escucha Peter Gabriel en lugar de canciones navideñas y el rayo del sol que entra por la ventana junto a la puerta principal, ilumina el árbol navideño que contiene la mezcla más amplia de esferas.  

Los olores de cada plato en casa son inolvidables, los juguetes que viven bajo del árbol desde hace varios días, son quizás una minúscula parte del mar emociones que estos días de fiestas se atraen. La fe en un Dios, el nacimiento y los sentimientos de amor y perdón, junto con las tareas de conciliación vuelven de estas fechas el periodo ideal para volver a comenzar.  

La añoranza es el punto de quiebra, el cálido abrazo e incluso los terribles pasos de baile que hacía el tío Pepe se extrañan. Los sabores y olores siguen intactos en la memoria y las ganas de volver a sentarse en una mesa con las manos entrelazadas surge una vez más.  

Cada Navidad que pasé desde pequeño, la pude ver en mi sueño de anoche como en ese cuento de Charles Dickens escrito en 1843. Pude volar cocina a cocina, mesa a mesa y en cada una de ellas me di cuenta de que no hay ausentes. La memoria es hermosa y quiero seguir construyendo historias que marquen el corazón de manera eterna. Es por ello que, en esta Navidad, mi fantasma del pasado me ha recordado que lo más importante es la familia y con ellos quiero estar.  

No hay plato en esta fecha que no me lleve a pensar en lo que quiero volver a hacer. Es por eso que pido a mi fantasma de las navidades futuras que me deje sentado en la mesa de donde nunca me tuve que parar.  

Beto Ballesteros // @betoballesteros 

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