Cocina

Cuando me convertí en vedette: Chepina Peralta

Germán Dehesa fue mi cómplice para llevar a cabo un show de cocina, muy, pero muy inesperado
viernes, 7 de agosto de 2020 · 01:43

Por Chepina Peralta

Por algún tiempo estuve dando clases de cocina en Liverpool contratada por Vasconia. Acudía muchísima gente, y un buen día noté que andaba rondando la clase uno de los directivos. Así, una tarde, al terminar la clase me dijo una de las secretarias: “Chepina, el señor Malet quiere hablar contigo, por favor, ¿puede ir a su oficina cuando acabe?”. Yo le dije que sí que iría, y mi mente comenzó a pensar: ¿Habré cometido algún error?  

Fui a su oficina y para mi tranquilidad me dijo: “Chepina, he estado observando tus clases, y es usted una showwoman” -respiré sorprendida y halagada-. “Nosotros hacemos cada año El show de la cocina, la edición pasada la hizo Wolf Ruvinskis, -que en aquella época era muy famoso- pero ahora queremos que usted lo haga. Hágalo como usted quiera, dígame lo que necesite y nosotros se lo damos”. 

“Sí, señor Malet”, le dije y me despedí, mientras mi cabeza me decía: Pero, ¡qué he hecho, El show de la cocina, y yo sola, qué voy a hacer! Lo primero fue hablarle a mi profesor de actuación, José Luis Ibáñez, el gran maestro. 
Le conté que estaba asustada porque no sabía por dónde empezar, pero él me dijo: “Chepina, a estas alturas, no debes trabajar sola, necesitas ayuda”, y me di cuenta de que tenía razón. 

Me puse a pensar y enseguida vino a mi pensamiento Germán Dehesa, no podía haber nadie mejor, y además éramos amigos. 
Hable con él y aceptó. Germán despertó su creatividad, empezamos a dar nuestras ideas y así nació nuestro show, una cena de lujo, muy inesperada, en la que al final se rifarían todos los platillos. Así lo hicimos.

Salí al show, vestida, como en todos mis programas, y Germán me presentó como la duquesa del sartén y de las cacerolas. Él comentó los platillos que iban saliendo y, en un punto, intencionalmente, y sin que se notara, yo me ensucié el delantal. 
Entonces Germán dijo, “pero, cómo, vas a recibir a tus invitados con esa facha de chicharronera”. Yo fingí sorpresa, y Germán gritó, “ponte elegante”. 

Salí corriendo y la música de El hombre del brazo de oro, de Elmer Bernstein, comenzó a sonar, muy sensual, y yo aparecí detrás de un gran biombo, donde en frente de mi público, simulé que me cambiaba de ropa, un show muy atrevido para la época; parte del staff lanzó por arriba del biombo ropa interior y la música sonaba. 

De repente salía por un lado del biombo una pierna desnuda de Chepina con unas coquetas zapatillas, muy sexys. Hasta que salió todo mi cuerpo envuelto en un vestido de noche. Y anuncié que se iban a rifar los platillos. La gente enloqueció, y yo entregué con el sexy vestido de noche, cada uno.   

El show era gratis y se repitió en cada uno de los almacenes de la ciudad; todos llegaban muy temprano para poder verme. 
La verdad yo lo disfruté muchísimo y fui la primera agasajada, feliz de causar alegría a tanta gente, fue un regalo.  
Gracias amigos por hacerme recordar este gran evento. Imagínense el espectáculo. Y no lo olvide, ¡que usted la guise bien!