Opinión

Nube viajera: Un espárrago que sabe a espárrago

En Atelier Crenn un menú es una narrativa que rehúye a la rigidez para abrazar la emoción, Dominique es una mujer apasionada

Nube viajera: Un espárrago que sabe a espárrago
Valentina Ortiz Monasterio Foto: Especial

San Francisco no se recorre: se come. Es una ciudad que no se limita a mostrarse, se revela en capas, tiene memoria y casi todo es una conversación. Hacía muchos años no volvía, la vi distinta sí, difícil a veces, sabrosa también, pero con esa característica de celebrar la nostalgia, lo clásico, lo “de siempre”, y lo aplaudo. California se exhibe con una naturalidad casi insolente— los tomates (los que comí) saben a sol, los espárragos a espárragos y las hierbas a viento frío. Todo es boyante, es cierto, pero también es cercano, es posible.

Caminé una ciudad que cocina en muchos idiomas. En una mismo día se puede atravesar el mundo: de Chinatown al desenfado de un burrito come il faut en Mission District; o a la elegancia contenida en un menú degustación y en ese mundo tri-estrellado y sobre fotografiado que a veces me gusta y a veces no. Acá me gustó mucho.  Así la cocina de Crenn, una cocina de inteligencia silenciosa. Con ella se palpa que el lujo ya no está en el exceso sino en la intención, en la técnica que no busca imponerse sino acompañar. Ahí, la cocinera no grita: afina.

San Francisco es también una ciudad de preguntas. ¿Cómo comer mejor sin perder el placer? ¿Cómo honrar la tradición sin congelarla? ¿Cómo integrar sin diluir? Quizá por eso su escena culinaria se siente inteligente, porque hace preguntas. Me faltó Dolores Park y un picnic; volver a Californio's y sí, me pude haber formado mil veces en la fila de Tartine –el mejor croissant del mundo me dijo él, y eso sí le creo–. La vida me hizo regresar a ese griego delicioso, ya no con hombres guapos que cambiaban el rumbo de mi país, un cónsul travieso y su servidora armando desastres de poder suave –como siempre–, pero igual de rico. El mundo es un pañuelo.

En esa conversación íntima que es la cocina californiana, hay voces que participan del tono. Dominique Crenn ha construido, desde la poesía y el activismo, una marca indeleble de género y talento. Vaya mujer-energía. En Atelier Crenn un menú es una narrativa que rehúye a la rigidez para abrazar la emoción, Dominique es una mujer apasionada y eso se vibra y me atrae; su cocina no busca impresionar, sino conmover; no acumula. Quince años después volví, y me gustó más. También cruzamos puentes y felizmente fuimos a ese templo en Berkeley. Mucho antes de que la palabra “origen” se volviera tendencia, Alice Waters ya había sembrado las bases de una filosofía que hoy define a toda una generación. En Chez Panisse comenzó la revolución silenciosa del producto con dignidad, del agricultor nuevamente con nombre y la mesa con temporalidad. Nos sentamos junto a la ventana, nos sirvió una mujer de 82 años que nos llenó de besos y comimos no sólo muy rico, comimos bonito. Su legado no es sólo culinario, es cultural.

Cuatro días, mujeres al mando, mujeres conversando, mujeres comiendo, mujeres cocinando, mujeres narrando California, mujeres dándonos la mano con otras mujeres. Es evidente, es nuestro momento.

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