El mexicano que viaja a Madrid acaba, casi siempre, en el Barrio de Salamanca. Lo entiendo, y también lo he hecho. Caminas por Jorge Juan y escuchas acento chilango en cada esquina, entras a los mismos restaurantes, te pides el mismo café que pedirías en cualquier cafetería de Polanco. Es cómodo. Es también un poco triste: viajaste diez horas para sentir exactamente lo que sientes un martes comprando pan en Monte Líbano (que me encanta).
El Centro Canalejas, hogar del Four Seasons, está en la calle Sevilla: la Madrid castiza, de quien la quiere por lo que es.
La fachada ya avisa: dos figuras flanquean el reloj principal, una carga un reloj, la otra una rueda de la fortuna. Adentro, el edificio funciona como un buen fondo de cocción. No es un hotel construido para ser hotel. Es el antiguo patio de operaciones del Banco Español de Crédito, con mucho mármol verde y capiteles. Dieciséis mil piezas históricas fueron restauradas. Los mostradores del banco son la conserjería. Cajas fuertes sobrevivieron y exhiben joyas. Los pomos de las puertas son los originales. Los mismos. No copias.
Todo eso lo descubres con el ojo bien abierto. La primera noche llegué tarde y sin hambre. Pedí room service. Caldo de cocido a esas horas, mejor de lo que tenía derecho a estar.
Luego encontré en el minibar un Atamán Vermut Barbadillo que serví solo, sin hielo, como se sirve. El mejor que recuerdo en mucho tiempo. No sé si fue el cansancio o si era así de bueno. Las dos cosas, probablemente.
La mañana siguiente salí al balcón y había músicos tocando algo entre el flamenco y el descuido. Me quedé más tiempo del que tenía.
En el brunch de Dani Brasserie el problema no es la escasez sino la abundancia. Langostinos y ostras sobre hielo, una lata de conservas con aceitunas y encurtidos. De postre, Tarta de Santiago, tarta vasca quemada y barquillos artesanos en lata, de los que se venden en la Puerta del Sol.
En ISA pedí la Pluma Ibérica de la Robata: bañada en Char Siu, en láminas, con un cítrico ¿al grill? El nigiri de salmón se flamea en mesa y los últimos treinta segundos valen el viaje. Lo descubrí la tercera noche, cuando ya no tenía plan. Repetí el mismo cóctel que la primera noche y no supo igual. Un buen caldo tampoco sabe igual la segunda vez. Te has convertido en otro comensal.
Eso me parece bien. Significa que algo cambió.
Estoy calculando cuándo regreso.
Buen provecho.