No tenía ganas de escribir y, además, la vida a veces me envía señales que debo escribir distinto. Es como una vocecita interna que me dice en serio, date cuenta amiga, catársis con quien catársis sepa lidiar, a veces con mi magia y su gran mago, otras veces con mis plantas, mucho con ellas que lo saben todo –mis amigas, que mujeres son poquitas-– y con Juan, el de los tacos de cabeza; pero no, pues saqué la computadora y me puse a teclear.
El cielo de las seis de mañana se asoma y me doy cuenta que el día será hermoso, hay nubecitas de esas que se van iluminado y, además, tempranito esa voz que me dijo, “ya, ya es hora” y eso es sin duda lo mejor que tengo en la vida y quien me enseña de La Iliada y a quien enseño de ponerle intención espiritual a todo aquello que queremos. No siempre sale, pero le he puesto la intención más profunda a lo que quiero y quise, y eso solamente haberlo hecho, me crece cientos de milímetros por encima de la superficie de la tierra. Uno levita, uno se siente gigante.
Me hice un café despeinada y lo tomé con la mirada absorta en un plato de kintsugi colgado en mi cocina que me compré hace años y, al tiempo, pensé dos cosas, primera, quién sabe qué historia viven esos platos que se mandaron a hacer para mí y que quedaron en el imaginario, y segundo pensamiento, vaya mi destreza para pegar con oro. De todos los kilates
del mundo.
Me escribió mi amiga de vida Mariana un mensaje que me sirvió tanto, las cosas son por algo. Me escribió mi amiga de amor Virginia un mensaje que me sirvió tanto, las cosas son por algo. No sé muchas cosas pero lo que se es que iré a buscarme flores y tendré muchas muy cerquita de mí estos días de estar lejos de mi casa y de sobre pensamiento. Menos mal ya viajo con cafetera para uno y con Nutribullet para mis jugos verdes matutinos. Y si puedo con apio, con apio será.
Repasé las estrellas –no las del cielo– y con cierto asombro me encontré feliz e infeliz por interpósita persona. El factor de la subjetividad en esto a lo que me dedico yo, se supone que no existe y existe, en el fondo somos seres humanos y tenemos debilidades, seguimos impresionándonos con las historias y los cuentos que los cocineros cuentan –cuentos de todo tipo– y menos con los cuentos que los platos solitos y sin voz cuentan y cuentan mejor. Y me preocupo, no sé qué va a ser de mí, mi intolerancia es galopante y me doy cuenta que me emociono menos; no crean, sé que hay algo distorsionado en todo ello y tendrá significados varios pero cada vez más soy de poca cosa muy buena, los mejores vinos y únicamente dos cocteles, el Martini y la Cubita. Sucesos y conductas me dejan este sabor de boca, de momentos pequeñitos, actos pequeñitos, conversaciones pequeñitas. Pero yo gigante.