Me invitó a participar en un libro una prestigiada periodista para compartir de mí y de las cosas que me han agarrado por sorpresa. Comienzo por decir que la propia invitación me sorprendió, algo debo de estar comunicando que resulta que llama la atención y me hace gracia cuando me llaman periodista pues no tengo un ápice de ello, pero levanto la cejita Ortiz Monasterio y me río pensando, pero eso sí, la seguridad la tengo toda. Hace falta que me digan que soy o no soy algo, para dejarlo de ser o serlo.
Sigamos con los asombros. Me sorprendió, al tiempo que me comía una increíble omelette con Affinois en ese restaurante de esquina que adoro en mi ciudad, Cana; conversar con mis hijas de los sí y los no en el amor joven, y fui feliz confirmando que he hecho bien esa labor: ellas saben muy bien qué hacer y esa misma tarde de ellas obtuve lecciones de cuando la gente no te quiere como tú la quieres. Yo soy maestra; ellas, las más de las maestras. Y es que con los años he conocido la belleza que radica en la humildad. Ojo, es una virtud que me cuesta muchísimo dominar porque nací y sigo siendo soberbia, pero las neuronas y las caídas me han ayudado a tener más en movimiento constante ese radar de vida que nos recuerda que somos mucho pero en realidad sabemos poco.
En otros lares, en otras circunstancias y con alegría en el corazón y mucho vino del que a mí me gusta, me agarró en curva, como decimos por acá, Ugo Chan. Sorpresa es lo que sentí, soy reacia a pensar en las posibilidades de que las cosas “se fusionen” pero cuando lo hacen bien, sale muy bien, y ese restaurante, esa sala, esa propuesta y ese abrazo de Hugo cocinero-artista-sonrisa-imán-creador, me voló la cabeza. Ya te dije que vuelvo pronto, me fascina la sensación de no estar lista para quedar boquiabierta, de que la sorpresa sorprenda, acariciar mi capacidad de asombro, cultivarla y sentir profundo un bocado, una tarde que se vuelve fiesta y carcajadas que llenan. Más momentos recientes de asombro: las palabras importantes de Cristina Botero hablando de ser madres –se me tatuaron bonitas, vamos bien–; comer en el nuevo Maíto de Mario y su chombasia y sentir el mar panameño ahí, así, en ese momento de brillo, hambre, sol y piel suavecita; el menú que diseñaron mis hijas para mañana que la tribu kikapú –de donde vengo y seguramente a donde voy– come en casa, mole mamá, eso somos; la fuerza de la sororidad con la que las brujas nos sostenemos; sorprenderme de defender en silencio mi espacio, mi ciudad y esas cosas que “no se tocan”; sorprenderme de sorprenderme que comenzó la aburrida guerrita de egos en esto de la comedera. Y podría seguir, el asombro del amor, el asombro del cocinero que asegura que cocinar y postear eso es correcto, el asombro de que finalmente llegaron los colibríes a mi terraza y que la gente que convertí en planta ya me habla, esas sí, las más llenadoras de las sorpresas.