Una frase común es: antes los niños no eran así. Los niños formaban parte de la vida activa de la familia, tanto en el campo como yendo a pie a la escuela, y tenían mayor apetito, comían lo que había.
En la década de 1920, una pediatra psicóloga hizo un estudio con niños muy jóvenes, muchos huérfanos o provenientes de familias de escasos recursos. Clara Davies, de la Universidad de Chicago, llevó estos niños a un hospital y les presentó un buffet de comida sin sazonar: verduras y cereales hervidos, hígado, jugo de naranja, leche, agua y sal por separado. Su intención era ver si, como en el resto del mundo animal, los humanos podíamos descubrir cuál era nuestra dieta ideal.
Al inicio los niños comían los mismos alimentos y, poco a poco, fueron probando todo lo que tenían frente a ellos. Durante los días siguientes, una dieta balanceada de verduras, cereales, un poco de sal y jugo se fue construyendo naturalmente. Los resultados fueron tergiversados y se concluyó que los niños eran lo suficientemente sabios para elegir sin necesidad de presión adulta. Se aseguró que forzar a los niños a comer ciertos alimentos podría causar traumas y daños a largo plazo y, con la llegada de los alimentos procesados en la revolución industrial, la alimentación infantil cambió para siempre.
Los padres nos sentimos aterrados de imponer sabores y traumar a los pequeños a través de la comida y los modales en la mesa. Es común ver a padres que delegan el equilibrio de una buena dieta a sus hijos, con tal de respetar sus decisiones. Tomemos en cuenta, también, que muchas alergias aumentaron a raíz de la revolución industrial. Hoy es muy común escuchar que las intolerancias alimenticias son efectos de moda cuando, en realidad, son el resultado del cambio en la calidad de los alimentos.
Yo también fui esa madre que compraba comida procesada en forma de animales para que mi hija la comiera. Para mi gran sorpresa fueron los sabores más exóticos los que se ganaron su corazón. Nunca ordené un menú infantil en restaurantes, siempre compartí mi porción y elección con ella.
Desde aquí, pediría a los cocineros que se esmeraran en presentar menús para los pequeños que no sólo incluyan papas a la francesa y pastas con mantequilla. Lo que tenemos en el plato no sólo se compone de vitaminas y calorías, también de campo, futuro, salud, economía y cultura.