Si vienes a Londres buscando glamour, te vas a cansar. Aquí no se “pica” como en Barcelona o en París. Aquí se busca abrigo. Y el abrigo, muchas veces, viene en forma de hora.
A las cinco de la tarde ya hay cenas ocurriendo en serio. Mesas tomadas, cocinas en marcha, copas servidas como si fueran las ocho. Es una ciudad ajustando la vida al reloj. Si te empeñas en cenar tarde, acabas peleando por una mesa o comiendo con prisa. Y la prisa arruina cualquier cosa.
El jueves es otro síntoma. En Leadenhall Market vi corbatas aflojadas y cervezas inconmensurables antes de que anocheciera. El viernes, me dijeron, se quedó más quieto. Londres hasta en la fiesta administra.
Luego está el manual del frío, que no falla: sopa, rebozado, vinagre. El fish & chips aquí se toma en serio. Advertí que los mejores tienen tres cosas en común: se fríen al momento, rebozado que truene, limón para cortar todo ese festín. Me anoté dos direcciones que se repiten por algo: The Fryer’s Delight y The Seashell of Lisson Grove. Yo sería más asiduo del segundo si viviera ahí.
El pay cumple la misma función, sólo que sin crujido: masa, carne, gravy. Parece pesado hasta que entiendes que aquí el peso es abrigo.
Y el curry. El curry es Londres hablando claro, es de otro mundo. Darjeeling Express si te interesa cocina con pulso; Dishoom si quieres entrar sin pensar demasiado.
Un apunte para el té. En el Ritz, la etiqueta es parte del guion: tu saquito y corbata. Si lo que quieres es el ritual sin teatro, The Rosebery lo sirve todos los días de 12 a 6:30, en smart casual en el Mandarin Oriental de Hyde Park. No hay tursitas ni influencers.
Último detalle para no pagar doble por educación: revisa la cuenta. En muchos lugares la propina ya viene escrita como service charge.
Londres no te abraza. Te acomoda en una mesa caliente y a seguir. En una ciudad así, eso cuenta como cariño.
¡Buen provecho!