Opinión

Recados de cocina: Benito Juárez vestido de abeja

Queremos colmar todos nuestros sentidos, comenzando con la vista y el gusto. Y esta es la temporada para hacerlo

Recados de cocina: Benito Juárez vestido de abeja
León Mata. Foto: Especial.

A pesar de que mi temporada favorita es la del invierno, no puedo evitar emocionarme cuando la primavera llega con su desfile de mañanas limpias, tardes calurosas y millones de flores presumiendo sus colores.

Probablemente es que, como casi cualquier mexicano, veo en las flores varios significados. Uno es la continuidad y la celebración de la vida. Esta idea la tenemos desde tiempos de Mesoamérica. Los aztecas celebraban a Xipe Totec, dios de la primavera, con fiestas, ofrendas… y el desollamiento de los enemigos. Algo tranqui. Incluso uno de los texcocanos más famosos, Nezahualcóyotl, dedicó varios versos a las flores.

La vida en aquellos tiempos estaba adornada con guirnaldas, tocados y ramos. Los cronistas de la conquista describen jardines y viveros que los reyes gobernantes mantenían rebosantes de belleza y perfume. La fascinación persiste en nuestro espíritu mestizo.

Otro significado es el comestible. En México hay alrededor de 170 flores que se pueden consumir. Y las flores son protagonistas de recetas que van desde lo más cotidiano hasta lo más sofisticado. 

En mercados y cocinas de todo el país encontramos sopas y quesadillas de flor de calabaza, ensaladas de berros, tortas de huazontle y la inconfundible agua de jamaica; pero también preparaciones con cempasúchil, quintoniles, flor de izote o flor de colorín.

Las infusiones de manzanilla, romero o flor de azahar perfuman tardes y sobremesas. En zonas áridas y semiáridas, las flores de maguey, nopal y tetecho siguen siendo alimento de temporada. Y en las mesas de vanguardia, pétalos de rosa, pensamiento, geranio, lavanda o borraja se abren camino entre platillos gourmet. 

Haciendo un esfuerzo más literario que académico, puedo relacionar ambos significados: un mexicano ve un color y lo quiere saborear. Más que un acto sinestésico, me atrevo a proponer que es un ímpetu absolutista: queremos colmar todos nuestros sentidos, comenzando con la vista y el gusto, pero también queremos sentir la textura suave de la flor de calabaza, oler la familiaridad de la jamaica, oír el crujido entre los dientes del amaranto y el huauzontle. Y esta es la temporada para hacerlo.

Hay un tercer sentido, personal. La abundancia de flores significa abundancia de colibríes. Y ver a un colibrí en las calles de la CDMX para mí es saludar a mi papá. Y eso me alegra el día.

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