Opinión

Nube viajera: Fuego propio

En la gastronomía tantas mujeres han sostenido la memoria culinaria sin crédito. Han sido manos invisibles detrás de platos que aplaudimos

Nube viajera: Fuego propio
Foto: Especial.

Hay fechas que suenan a conmemoración, hay otras que son memoria. El Día Internacional de la Mujer nunca ha sido para mí una fecha cómoda, no se celebra, se lucha. No es un ramo de flores ni un descuento en restaurantes, es una conversación pendiente y una cifra incómoda. Es una herida abierta en las alcobas, en las cocinas, en las mesas de decisión, de política pública o en las calles. Me duelen dos cosas: tener miedo y que mucho me cueste más.

He vivido la gastronomía como territorio. Y el territorio —como las cocinas— tiene jerarquías, silencios y fuegos que no siempre se reparten con justicia. He sido la única mujer en la mesa, he sido la que incomoda, he sido la que ve más lejos, he sido la que vuelve a empezar, he sido la que aprende, he sido la que se irrita, y también he sido muy feliz.

Soy madre, y no hay acto más radical que criar con amor en un mundo desigual. Soy hermana, de familia y de elección, la complicidad femenina que no es competencia sino es red. Soy amiga y compañera, y he tenido la fortuna de caminar con hombres buenos, brillantes, que entienden que la igualdad no resta: eleva. Soy empresaria y sé que levantar proyectos es tan complejo como lo es entender un mundo que nos sigue relegando, en donde la ambición femenina tiene doble cuestionamiento.

Pero no puedo —ni quiero— suavizar la verdad. La injusticia existe, en los salarios y en las oportunidades que se diluyen; en el abrazo a las mujeres violentadas cuyo agresor camina como si nada; en la milpa, en los reflectores, en las conversaciones de hombres que simulan cuidarnos; en la exigencia de demostrar el doble.

En la gastronomía tantas mujeres han sostenido la memoria culinaria sin crédito. Han sido manos invisibles detrás de platos que aplaudimos, han sido fuentes de transmisión oral, economía doméstica, agricultura silenciosa. Han sido origen, lo sabemos todos, y me pregunto ¿podrá el poder masculino trascender de “mi abuela me enseñó” a “vamos por y con ellas”? 

No es que no quiera una silla en la mesa si la mesa no cambia, quiero transformar la mesa. Sin renunciar al amor, a la maternidad, sin renunciar a la amistad con hombres que caminan a nuestro lado. Porque los hombres también nos hacen ser mejores y se siente rico. Ser mujer no es una consigna, es una experiencia compleja y poderosa. Hoy celebro lo que soy —con todas mis capas— como una nube viajera, hermosa, a la que miras atónito, pero también cargada de agua suficiente para provocar tormenta si hace falta. Un, dos, tres por mí, por ti y por todas mis compañeras. Porque el fuego no es sólo cocina, es carácter, es dignidad, es memoria. Y no pienso apagarlo.