En varias tradiciones, el agua está ligada a lo femenino. La luna, las mareas, los ciclos. La gestación y la vida. Lo receptivo, lo que contiene. El agua en muchas culturas representa la emoción, la intuición y la transformación, y en mi mundo, una mujer que se siente atraída por el agua suele estar conectada con esas dimensiones. Estuve en lagunas, en lagos y en mares, todo juntito —todo con intención—, insisto, soy de agua. Adoro las sopas, me siento a gusto viendo el agua correr y me sirve montones el paisaje con mar, con río, con laguna, con estero, con apantle, con estanque o con fuentecita.
Entonces, creo, soy una mujer de agua y cocino como fluyo: desde la intuición, desde la emoción. Encuentro en la cocina el mismo ritual de limpieza y transformación que en el mar o en la lluvia: lavo, pico, blanqueo y, haciéndolo, como el agua, como la comida que más me gusta o como en la vida misma, intento desprenderme de lo innecesario para quedarme con lo esencial. Nunca me he sentido sirena y soy de agua, lo que hago nunca es estático, cambia como las mareas, se adapta, nada de mariposa. Cocinar, para mi, no es sólo alimentar, es purificar, cuidar, volver a empezar. Así como me emociona ver cuerpos de agua tiritando reflejos en una puesta de sol, los sabores también me envuelven y sostienen y el que cree en lo que digo, en mis menjurjes y cosas divinas, entiende que cerca del agua hay acciones silenciosas y profundas, sí, en el acto de observar, respirar o sentir el agua habita una forma de amor bonito.
Pienso en Manolo Baños y en Mario Espinosa con su Cabo Mantarraya, qué lindo debe ser cocinar viendo al mar, dichosos ustedes y dichosa yo, que me siento pronto en esa mesa. Sigo en Oaxaca y pienso en ese Jorge, su Alfonsina y el nuevo sueño de poner en papel el mar y sus frutos, cualquier proyecto por el que corra el agua —y más si es de ellos—, es para mí ya uno mío, gracias por invitarme.
Quiero dormirme y despertarme escuchando las olas del mar, comer ostiones bajo techos diseñados por buenos arquitectos, ya voy, ya voy. Quiero sentarme en la nueva nave espacial —porque él construye naves— de Jonatán Gómez Luna en Xcaret —que es su casa y la mía—, y seguramente, caminar la playa conversando con ese amigo cocinero, loco, talentoso y siempre cercano al mar. Ya voy, ya voy. Quiero agua de jamaica, aguas de marzo, agua en calma. Quiero agua lustral, agua de ola, quiero todo más claro que el agua, quiero agua de cascada, pan de agua, agüita de coco y aguas torrenciales que desordenan para ordenar. Todo eso soy y todo eso me hace. Emoción, intuición y transformación, es por ahí, es de agua.