El vino es un libro que lleva escribiéndose desde hace más de 8 mil años. Una novela tan larga que ni Dostoievski hubiera tenido la disciplina de sentarse a escribirla. La primera página no se escribió en el mediterráneo como muchos lo afirman, sino en el Cáucaso y más específicamente en Georgia, durante el neolítico allí se elaboró vino, lo sabemos por restos de vasijas encontradas a 50 kilómetros de Tiflis.
Desde el siglo VI antes de Cristo las técnicas de producción prácticamente no han cambiado. El uso de Kvevris; es decir, ánforas enterradas, sigue siendo una práctica común en la mayoría de las bodegas tradicionales.
¡Ojo! Aquí estamos frente a un abanico de 530 variedades autóctonas de cepas, a las cuales habría que aumentar las traídas recientemente de Europa como la Cabernet Sauvignon o la Chardonnay. Pero las uvas tradicionales producen vinos increíbles, tanto las blancas como las tintas. La zona principal de producción es Kajetia con el 75% del total.
En una visita reciente a ese país, curada por los socios y cómplices del chef Anthony Bourdain, recorrí bodegas familiares, bodegas pequeñas y otras más grandes. Lo interesante de meterse hasta la cocina de la mano de personas tan generosas y divertidas es que las copas siempre estarán llenas.
Los blancos, naranjas (o ámbar como aquí se les llaman), rosados y tintos son igual de notables. La ventaja de ir con semejante curaduría es que llegas a la carnita pegada al hueso sin perder tiempo. Entre los mercados, la comida de los monasterios y la que disfrutas en casa de los mejores chefs del país, es imposible no caer rendido ante los encantos de ese país.
En la zona del Cáucaso y zonas aledañas, la gastronomía georgiana es considerada como la más elegante y sofisticada, la comida de la diplomacia. Los vinos acompañan a la perfección esas mesas llenas de manjares increíbles. Entrar como un invitado y amigo a las casas de nuestros anfitriones es un gran privilegio. Para los que viajamos para conectar con otras personas y probar el mundo desde sus mercados hasta las grandes mesas, no existe mejor manera.
Aquí empezó el vino y, para mí, también otra manera de viajar. Nunca jamás sola armando un itinerario como en el jurásico, sino acompañada y guiada, haciendo amigos por el mundo, brindando: ¡Gaumarjos!