“A pesar de ser un vino de taparrosca, está muy bueno”, esta frase que escuché mientras servía un par de copas de vino en Zeru Lomas, me dejó pensando en lo poco informados que estamos respecto a los nuevos métodos utilizados por los enólogos para cerrar botellas de vino, en todas las preguntas que giran en torno al no uso de corcho y en las ideas que nos generamos cuando vemos un tapón de rosca, un corcho sintético o un tapón de cristal.
Hoy, me quiero centrar en las taparrosca, en esos tapones tan comunes en la industria refresquera, pero que escandaliza -a pesar de ser un método del siglo pasado- a más de uno. Vamos por partes, la principal diferencia entre un corcho y un tapón de rosca es el material utilizado para sellar la botella, punto; luego, el posible impacto que pude tener (o no) en el vino.
El corcho es un material natural que se extrae de la corteza del alcornoque, es poroso, lo que permite que el vino respire lentamente, favoreciendo la evolución y maduración con el tiempo. Mientras tanto, la rosca es un cierre metálico que se atornilla en la boca de la botella para sellarla, es hermética y evita la entrada de oxígeno en la botella, lo que puede ser beneficioso para mantener la frescura y juventud del vino. En resumen, el uso de uno u otro va en función de aquello que el productor quiera lograr con su vino.
Es una realidad que el corcho se asocia con vinos de guarda, mientras que los de rosca no (primer mito a romper), la realidad es que los vinos con tapón de rosca también pueden estar destinados al envejecimiento. La elección del tapón no determina la capacidad de maduración del vino; hay factores más importantes, como la calidad de la uva, la vinificación, el tipo de barrica utilizada y todo aquello que ocurre en la viña y la bodega.
Sin embargo, el uso de la taparrosca comenzó como una práctica para dejar de usar el corcho natural en pro del medio ambiente y para evitar problemas de contaminación por TCA (tricloroanisol, o sea corcho). Se dice que los primeros países en usarlo fueron Australia y Nueva Zelanda y poco a poco se ha expandido al resto del mundo.
Aunque, inicialmente la rosca fue vista con escepticismo y considerada como un cierre de baja calidad, su aceptación ha ido en aumento gracias a los avances en tecnología y materiales, que han permitido mejorar su rendimiento en términos de hermeticidad y conservación del vino.
Hoy, es utilizada por una amplia variedad de productores de vino, desde pequeñas bodegas artesanales hasta grandes empresas vinícolas, siendo una alternativa viable para vinos de cualquier valor.