Ya terminó Día de Muertos. Yo cada año imagino a mi papá en su altar, echándose un taquito de barbacoa con su salsita borracha, su cerveza fría y tortillas recién hechas. Pero, ¿qué pasa si se quiere llevar toda la ollita?
El itacate brilló donde la rueda no figuraba. En Sudamérica sí había animales de carga. De hecho, allá los viajes se medían en cuántos descansos iba a exigir una llama. Aquí los cargamentos se hacían sobre la espalda de los míticos tamemes, hombres y mujeres que iban y venían de un lado a otro para hermanar a pueblos distantes. Famosa es la red de tamemes entre los volcanes y los mercados de Tlatelolco y Tenochtitlán, que permitía que los tenochcas pudieran disfrutar de nieve fresca endulzada con miel de abeja o aguamiel de agave.
¿Qué comían los tamemes? La investigadora del INAH Oaxaca, Nelly Robles García, nos describe el menú, que no registra demasiadas variaciones desde hace varios siglos: tortillas clayudas de maíz, que son más gruesas y resistentes, sal de mar, chile seco, tasajos de carne, frijoles, insectos, semillas, una pasta de chile y especias llamada chintextle, y café con piloncillo.
Hoy en día, frecuente es que familias enteras acompañen a los agricultores en el campo a comer el almuerzo del mediodía. Trasladado al entorno urbano, existe toda una subcultura del itacate. No es fortuito que en EU, Tupperware se declarara en quiebra; y en México la planta de Lerma continúa operando. Los puestos ambulantes de comida tienen tres opciones de servir: para comer aquí, para llevar, y para ir comiendo.
La vida nos obliga a convertirnos en nuestros propios tamemes. Somos nosotros mismos quienes cargamos nuestro sustento, y en nuestras espaldas cargamos una postal culinaria de nuestro hogar.
En últimos años se viralizó la dinámica de comparar los lonches que llevaban a la obra trabajadores estadounidenses y mexicanos, lo que resultaba en una franca humillación. Quizás esa sea la raíz de nuestra fascinación por los itacates: el guiño casero, la epístola deliciosa de que en casa (incluso aunque uno mismo lo haya preparado horas antes) alguien nos procura. Y me imagino que por eso, tengo la certeza de que mi papá volverá el próximo y todos los años a su altar.