Opinión

Nube viajera: Consomé Rubí

Mi abuela paterna, esa mujer de collares de perlas y gargantillas de oro sólido, servía en estas fechas un consomé que siempre me supo a las puertas del cielo

Nube viajera: Consomé Rubí
Valentina Ortiz Monasterio Foto: Especial

Nunca he tenido la paciencia de pasar por fuego o brasa, u hornear huesos de animales variados para hacer un oxtail como a mí me gusta, lleno de colágeno. Es cierto, dos cocineros me han ofrecido hacerlo en distintas ocasiones pero no lo tomaron en serio o simplemente fueron palabras de esas para quedar bien conmigo por razones bobas, promesas pero nada. Pero el chiste es que no lo hago yo tampoco. 

Mi abuela paterna, esa mujer de collares de perlas, gargantillas de oro sólido y de fiestas ad infinitum en su casa, servía en estas fechas un consomé que siempre me supo a las puertas del cielo y lo tituló “consomé Rubí”. Lo servía, como a mí me gusta y como lo hago yo, en platos de consomé de doble asa, muy, muy, muy caliente y con cebollín picado por encima, porque los que me conocen saben que la acidez y yo tenemos un affair torrencial.

Mujer ocupada como siempre fue, ocho hijos y una vida al lado de un hombre fabuloso, lleno de vida y conversaciones inteligentes, recurrió siempre a las recetas con atajo, les llamo yo. Y lo celebro. Es decir, siempre en sus menús había un plato fast track, una opción de lograr una propuesta perfecta de un gran platillo clásico, pero en versión "no tengo tiempo". Y así el consomé Rubí.

Caldo de res Campbells, vino tinto de Burdeos (según ella esa era la clave), un caldo hecho de verduras con betabel para color, y zanahoria, apio, poro, cebolla y ajo para el sabor, muy reducido y sal y pimienta. Esa era la receta. No había falla y no había comensal que no lo aplaudiera. Decenas de años después, no hay falla y no hay comensal que no lo aplauda. 

Así estos días, una celebración de dar gracias a la vida por tenernos y por ser afortunados de quienes somos, lo que nos queremos, lo que recibimos y cómo damos lo que damos. Mi casa es una casa laica y casi toda atea pero inmensamente espiritual, y el acto de dar gracias es un mantra de vida. Pavo con perfume, puré de papa con la receta de Lalo García, el Mc & Cheese de las Quintana, que así le llaman y que me da risa, arroz salvaje, ejotes con echalot y mantequilla, betabeles con queso de cabra, mucha arúgula, el cranberry más rico y ácido del mundo que es el mío y, desde luego, consomé Rubí. Teníamos dátiles de Mexicali e hicimos un pecan pie con ellos, encontré buenos higos y recurrí a otra vieja receta con atajo de mi amigo Víctor Nava para hacer una rosca de higos frescos pegada con leche condensada y todas las niñas que reinan esta celebración se encargaron de los postres. La celebración tenía que suceder con espíritu alto, y sucedió. La abuela Pollo lo vio todo, sonrió amorosa como siempre fue, se sintió inmensamente orgullosa de su linaje y, aunque le hubiera gustado que sirviera otra de sus prácticas recetas, la de una piña a la mitad a modo de platón con bolas de helado de vainilla dentro (como ese criticado plato de mi amigo Sergio), supo en su corazón que su legado vive. Un legado de amor, de Pedro Coronel, de perlas, de bolsas de piel, de caviar y de sopa Campbells. Vive.

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