Opinión

Nube Viajera: Travesuras de la niña mala

Es rica la solitud. Solamente solos se acerca uno a la honestidad que requiere una introspección de las buenas...
viernes, 21 de junio de 2024 · 00:35

La solitud engancha. Esos momentitos increíblemente satisfactorios de estar solo y bien con uno mismo, tiempos gratos y edificantes diría yo. 

Hace bien estar así. La libertad de no tener que seguir el ritmo de los demás, la relevancia de tener momentos en donde con uno mismo se conversa, se planea, se bebe un gintonic, se analizan los fracasos y los miedos, se avanza, la creatividad aflora, las zonas de confort se reducen hacia afuera y se amplían hacia adentro. 

Es rica la solitud. Solamente solos se acerca uno a la honestidad que requiere una introspección de las buenas; yo sola sí calmo mi espíritu. 

Ojo, cero dramas, soy un ser social, gregario, soy de tribu y me encanta la chorcha, pero la comunión en el sentido más puro y simple de la palabra, a veces sobra. 

¿Y qué vi estos días? 

A manera de bitácora, y con el objeto de registrar, de que haya memoria, pero sobre todo porque me encanta el jolgorio de hablar de mi públicamente escribiendo, cuento un poquito -no todo-. No vi el sol, y eso a mí me pone rara, pero anduve en una Lima bonita de días bonitos en donde la carencia de luz calientita se transformó en trabajo positivo y buena vibra. Vi también una Lima de arte y más osada, coleccionistas, arquitectura, vanguardia de estética y de pensamiento. 

Caminé, corrí viendo el mar, visité, comí. Eso sí, quizá la ciudad equivocada para mi solitud, pero me fui acomodando. Sentí las miradas bebiendo un martini sola en un bar, qué rara eres -y sí soy-, pero insisto, eso hace bien, no digo que sea la panacea, pero sí considero que cierta dosis de solitud y liberalismo es fundamental para conducirse en la convivencia. Además, el martini estaba buenísimo. 

Hice mucha venta y eso veo que me prende. Releí en los amaneceres viendo el mar Travesuras de la niña mala (puras señales), mandé postales, aprendí del placer que aporta la gastronomía en la historia del arte en un libro que me regalaron de Graciela Audero. 

Me tomé un dashi en té de muerte lenta, un Barolo 2019 que quiero más, un Martini hecho en casa y otros disfrutando la solitud. Comí dos veces mucho erizo, las lenguas de estos lares son quizá las más ricas del mundo. 

Comí mucho, muy buena pasta, muchos muy buenos langostinos, un camaroncito en crudo con sabor a Sidral Mundet, impresionante. 

Comí mucho pan, focaccia, una orejita de chancho, croissants con café, comí limpiando los platos con pan y eso no sólo es de buenísimas costumbres sino que habla bien de la cocina. Volví a restaurantes a los que me gusta mucho volver, le entré a cositas nuevas, me reté, triunfé, me adentré.

Salud por la solitud, fórmula prodigiosa para avanzar con inteligencia y sensibilidad, salud por la niña mala de Vargas Llosa, salud por las amistades que aportan. 

Salud por agradar y por dar. Con eso, y con no olvidar la solitud, tenemos.