Opinión

Nube Viajera: Amanecerá y veremos

Pasé muchas temporadas de mi vida en Bogotá que, aunque no conozco a profundidad, tiene todos mis afectos
viernes, 31 de mayo de 2024 · 00:35

Escribo así tapadita rico en un amanecer medio frío, pero constructivo y veo por la ventana esa arquitectura bogotana que me gusta y me gusta mucho. 

Ladrillos que vienen de los chircales (así se les llama a las fábricas de ladrillos y tejas en Bogotá), el legado de Salmona, una estética muy atemporal. 

Vine de pisa y corre a Bogotá a cosas no de comida, pero que sí nutren y caminé solita rico. 

Pasé muchas temporadas de mi vida en esta ciudad que, aunque no conozco a profundidad, tiene todos mis afectos. 

En mi casa se ha comido ajiaco toda la vida, estoy rodeada de artesanía Wounaan, me gustan los morrales Wayúu casi como los chiapanecos, conozco las tripas de las Torres del Parque, sé cómo suenan los pisos de las casas Tudor, sé de los colombianos pues. 

Me senté dos días seguidos por ahí de las 6:15 de la mañana en el patio de la Casa Medina a tomar café matutino y pensar que la memoria permanece, los recuerdos viven, recuerdos de mi madre caminando por estos pasillos, de una habitación donde hubo el sol más rico del mundo, recuerdos todos para toda la vida. 

Comí unos camarones salidos de una robata haciendo homenaje interno y agradeciendo a Ciro en su Osaka

Tomé cafecito en Libertario que conocí por Leo hace no mucho cuando también conocí su cocina y su poder femenino que me gusta y me atrae. 

Pasé frente a El Chato y me reclamó no verlo, pero él sabe que regreso prontito, que tenemos citas secretas y que me gusta y mucho lo que hace. 

Mi madre me sugirió buscara a Andrés sólo para abrazarnos y homenajear a Rodrigo, pero la vida -y esto es literal- no me dio. 

Escuché a jóvenes entusiastas con proyectos de comerse el mundo, qué rico eso y qué rico saber que pronto habrá una mesa bajo un árbol en donde se comerá el mejor tartare que se ha probado. 

¿Qué más me dio Bogotá en 48 horas? Una invitación a comer arepas con Harry y su cariño y abrazo infinito, comprar un bouquet de rosas Soyus -las que más me gustan del mundo-, sólo para agradar, para crecer, y porque es tan lindo regalar flores como recibirlas. 

Bajo una lluvia que no acababa me comí un platazo que casi podría ser maqueta universitaria de un páramo colombiano, con cangrejo, con sabor, con razón de ser, felicidades Afluente, creo que hay mucha materia. 

Me hizo falta un ajiaco, caminar por La Candelaria, visitar la obra de Simón Vélez que me fascina, un abrazo cuando hizo frío y mucha más agua aromática. 

Ya vuelvo a Bogotá, apenas en algunos días. Vuelvo a buscar solecito, a sabrosear cómo hablan los colombianos, a volver a escribir en este cuarto mirando ladrillos por esa ventana. 

Como dicen los cachacos, amanecerá y veremos, y acá escribo, como siempre, clavada, viendo que se vienen cosas buenas, despacito, sonriendo. 

Ya vuelvo Bogotá.