Opinión

A pedir de boca: Sensei, Paulina Abascal

He tomado tanto de su sabiduría que puedo asegurar que muchas de las herramientas que tengo, las construí entre batidores y rodillos
viernes, 25 de agosto de 2023 · 00:26

Hace diecisiete años, en algún rincón escondido del tejido del tiempo, el azar me llevó a cruzar caminos con Paulina Abascal. A mis trece años, la veía en la pantalla, en su propio programa, mientras su primer libro asomaba en las librerías como un hechizo.

En esa época, soñaba con ser pastelero, una pasión que perseguí por años. Pero me di cuenta de que lo que realmente me parecía magnético de Pau no eran solo sus dulces creaciones, sino su destreza para contar historias, mezclar sabores y conectar pasados y futuros en un sabor que prometía algo dulce por venir. En ese andar, encontré mi propio camino.

La vida, con su extraño sentido del humor, siempre cumple mis deseos –los buenos y los malos. Y así, casi sin darme cuenta, me encontraba recorriendo la ciudad diaria, entre el colegio y la cocina de Pau. En esos fogones, pasé casi tres años aprendiendo a trabajar, a soñar, y comprendiendo que no hay imposibles.

A Pau la llamo Sensei. He tomado tanto de su sabiduría que puedo asegurar que muchas de las herramientas que tengo, las construí entre batidores y rodillos, en charlas interminables.

No sé por qué ella y yo, ni cómo nuestros caminos se encontraron, pero desde el primer cruce de palabras hasta hoy, nos une una conexión que va más allá de las palabras. Pau es un alma antigua y sabia, aunque ella ignora que su conocimiento es un eco de vidas pasadas y dimensiones superiores, lo que la convierte en una luminaria única.

Desde que dejé su cocina hace seis meses, la idea de regresar me atormenta. Siento que, entre esas paredes inmaculadas y esos electrodomésticos prístinos, se esconden aún años de risas y lágrimas compartidas, triunfos celebrados, y la emoción de experimentar con nuevas recetas e ingredientes desconocidos.

Nuestros caminos nunca estarán separados, ambos sabemos que volveremos a encontrarnos, trabajando codo a codo hasta altas horas de la madrugada, con la misma dedicación que al inicio del día. En ese fragmento de tiempo donde a menudo olvidábamos comer, porque nuestro oficio es alimento para el alma.

Pau, estas palabras solían atorarse en mi garganta, pero hoy fluyen con gratitud. Te agradezco por ser un faro en mi travesía, por iluminar mi camino y el de tantos otros con la inquebrantable lección de la fortaleza. Tu sabiduría es una luz que ilumina más allá de lo que ves, y espero que estas palabras te recuerden la magnitud de tu impacto.