Opinión

Nube viajera: La historia de un bolillo

Me transporté a los aromas de las panaderías de niña en donde, como ese bolillo de Zitácuaro, el pan se horneaba en hornos de leña y la manteca con la que lo preparaban no era vegetal
viernes, 18 de junio de 2021 · 02:00

Lo partí con las manos, como se parten por mitad o por cachitos los bolillos, y mi reacción inmediata fue olerlo. Tengo esa costumbre medio descortés, lo sé, pero como las tortillas, el pan, también me gusta olerlo antes de comerlo. Me transporté a los aromas de las panaderías de niña en donde, como ese bolillo de Zitácuaro, el pan se horneaba en hornos de leña y la manteca con la que lo preparaban no era vegetal.  

Esos días michoacanos me llevaron a decenas de años atrás. El motivo de la reunión era el lanzamiento global -no mundial, global-, de cronomonarca.info, un sitio que recoge la memoria, cronología e historia de la mariposa Monarca, el fenómeno de su migración y el testimonio de los que la han protegido. La hemos protegido.  

Mi padre elegantísimo con corbata de charro abrió la reunión diciendo que yo había llevado el vino -mentira, lo hizo él-, y con copa de tinto de los valles de Baja California se comenzó a charlar, porque eso fue lo que sucedió, del ayer, de Urquhart, del pediatra de Rudy, de las fotos de Gottfried, y, cuando me hizo leer las palabras que escribí a los once años cuando se decretó después de años de lucha, una zona protegida, se me quebró la voz.   

Hablamos del picnic con el Príncipe Felipe y de las tortas que contenían aquéllas canastas de cestería elegantísimas que compramos en el mercado de San Ángel. Los doce o quince invitados a la estratégica reunión escuchamos y echamos a volar la memoria de tantísimas cosas que en nuestra vida se dedicaron, se han dedicado, y se tienen que seguir dedicando a la protección de los santuarios de la mariposa Monarca. Los knickers de pana que nos mandaban a hacer al sastre para caminar bien -la verdad nunca entendí por qué-; y los días que tradicionalmente empezaban en un camión de redilas subiendo el cerro en Chincua. Polvo por todos lados, pero siempre atesorando el “refri”, como le llamaba mi papá a la hielera gigante con chelas, cocas, agua de Jamaica y siendo fieles a nuestro origen, Bacardí y vasos de aluminio en donde todo sabía mejor.  

La cena se sirvió en una mesa especialmente bonita y, aunque estaba bien rica, yo me dediqué a comerme unos cinco bolillos de Zitácuaro con mantequilla. Me fui a dormir temprano y me levanté aún más temprano que los demás. El bosque de San Pancho estaba verde, verdísimo, lo caminé, pensé cosas y hasta me robé un piecito de suculenta que ya planté por acá en mi citadino y hermoso bosque personal. Por ahí como a las siete de la mañana me acerqué a la cocina del rancho San Cayetano a pedir café que recién habían hervido en una cacerola gigante y que me sirvieron en taza de Capula con su lecherita y todo. Me matan con eso. 

Me senté y esperé al resto del grupo esa mañana fría. Juntamos mesas y apenas llegó Diana Kennedy desayunamos huevo con chorizo, frijoles, tortillas, salsas de las bien hechas -no podíamos quedarle mal a aquella mujer de la cocina mexicana que ha hecho mucho y de la que se debería hablar mucho más-; y pan, más pan. Los anfitriones producen miel y me comí unos tres bolillos, esta vez con mantequilla y miel, mientras pensaba que me había faltado nata pero que la cocinera inglesa me acribillaría si la pedía.

Nos despedimos con promesas infinitas de más trabajo en la protección de aquel insecto alrededor del que crecí y que me hace sentir profundamente orgullosa de mi origen. A pie de carretera compré pan de Zitácuaro, ahora también telera, para que mi viaje, el de estar con mi padre, el de la memoria, y el de la ecología, trascendiera unos días más en mi casa. Serví tortas de cochinita ese domingo con pan descongelado y horneado. Magistrales. Partidas a la mitad con las manos y con aromas de leña y manteca. Magistrales.