Opinión

Nube Viajera: 19 días y 500 noches

Pepe Aguilar de fondo cantando en mi mesa y Joaquín Sabina en la de al lado. Era la noche de mi vida
viernes, 26 de marzo de 2021 · 00:00

Lo nuestro duró. Lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks. En vez de fingir, o estrellarme una copa de celos, le dio por reír (en realidad a mí). De pronto me vi, (corito) como un perro de nadie ladrando a las puertas del cielo. Me dejó un neceser con agravios, la miel en los labios y escarcha en el pelo. 

Así empieza esa canción que sabe a tequila, al mole que me comí ayer y a amores infinitos de mi país. ¿Se acuerdan de esa sensación?, de cuando las canciones saben a comida, de cuando los aromas de la memoria invaden cuando uno canta. 

Me dijeron el otro día que se habían acordado de mí en un karaoke. Lloré tres días sin parar, -es literal y fue súper sanador-; porque quiero ir a un karaoke, porque quiero ir al mar, porque era conmigo, porque quiero acordarme cuando Pepe Aguilar me ligó en el Auditorio Nacional. Un ligue divino de amor y música con tres mujeres que adoro, en Au Pied de Cochon con panecito con foie gras y un PYCM cantando sus canciones.  Altote, enorme, feo-guapo, listo, Pepe Aguilar de fondo cantando en mi mesa y Joaquín Sabina en la de al lado. Era la noche de mi vida. 

Llevo días con antojo de un buen pedazo de carne, y eso es rarísimo en mí. Pero la memoria es así. Quiero ir a un rodeo, quiero aprender a comer y que me guste el BBQ texano, quiero unas botas de piel de elefante, -sí, leyeron bien, y Lucchese que son las que me gustan -, y quiero un pedacito de asado de tira. Quiero manejar carreteras cantando canciones de amor, buscando lugarcitos para comer y hablando de sexo con él que me adora. 

Este es mi mood actual. Ni modo. Hablé largo con mi hermano Pedro Evia. Me escuchó y me entendió. No sólo porque sabe que necesito una torta de lechón escuchándolo cantar tan mal que lo hace tomándonos 19 tequilas, sino porque tenemos un “evento importantísimo” pronto y estaremos juntos abrazándonos. Viendo el mar, quizá Acapulco, quizá Celestún, nunca Tulum, comiendo cangrejo con chaser de cerveza y con carcajadas hablando de travesuras de cocina mexicana en Cannes. Gracias chef, no imaginas lo sanador que eres. 

Y terminemos con más canciones de Sabina. De las que saben a ostiones con mignonette perfecta, de las que acompañan huevos de oca, de las que dan ganas de ir a pasear y ver aves en el campo vasco. Así la vida. Una tarde, hace mucho, en un trayecto en tren hacia Los Ángeles comía en mi asiento nigiris de uni de Otta pensando en Sabina y viendo ese mar. Qué lindo viaje ese en hotel de flamingos setentero y cuántas veces canté ese día, antier, y hoy sigo cantando a Sabina y su verso perfecto: Que tarde en aprender a olvidarla, diecinueve días y quinientas noches.