Opinión

Nube Viajera: Siempre hay un cacharro para un descosido

Ando buscando una nueva vajilla china. Quiero platos profundos de porcelana en blanco con azul pintados con óxido de cobalto como aquéllos que trajo la Nao de China al comedor de mis abuelos
viernes, 29 de octubre de 2021 · 01:30

Yo tan sopera, es una especie de plato hondo, estilo pozolero, para servir todo tipo de caldos, -en Makan me comí uno glorioso, glorioso hace poco, así como fue la simpleza de su chicken rice-. Hay que ir, comer y pasarla sabroso.

También pensé en conseguir cucharas que les hagan parejita, así también de porcelana, pero la verdad, es que a mi tomar sopa me gusta hacerlo de cuchara de metal y pesada por lo que mi colección de veinte años de cubertería comprada, chachareada, contrabandeada y venerada funciona perfecto.

Yo que soy de platitos, me he dado cuenta de que hacen falta diseños de platones —que, para servir un arroz para tres, que para colocar unas piezas de pepino con yogurt y menta para cuatro —, en formatos más pequeños. Imagino unos ovalados y otros más rectangulares, pero del tamaño de un cuaderno de primaria digamos. Ahora que entraré nuevamente de alfarera voy a pensarle bien para qué los quiero y qué para qué placer opíparo serán útiles. Porque el tamaño sí importa.

Y así leía un cachito de Simone de Beauvoir, esa mujer que habló tanto de la autonomía y de la libertad, y, entre otras historias la del postre que tanto disfrutaba. Un halva, una especie de dulce o turrón de Oriente Medio, aunque más suave, y elaborado con miel y con nueces. ¿Cómo lo habrán servido?, ¿lo habrían hecho en una tablita pintada a mano por Sartre?, ¿les habrá importado como a mí?

No puedo evitarlo, los cacharros me producen fascinación. Hace poco (y mucho) en Bélgica caminé por frente a una galería de ceramistas. Me sonrieron, pasé, quería todo y encontré un plato para ostiones, bien pensado, con huequitos estratégicos para cada una de las seis conchas que albergaría. Pero la luz estaba triste, la lluvia y esos días pesados y, como tenía que suceder cuando las cosas salen mal, compré, salí, y a los 100 metros se desfundó la bolsa de papel en la que los cargaba y se hicieron añicos. Era una señal, mejor comienzo de nuevo y hago los míos por acá con algún compa que me tenga paciencia y que se sepa reír de mí y de mis proyectos inexplicables: 21 centímetros de diámetro, agujeritos en forma de gota de máximo 20 milímetros de profundidad (con textura de roca de mar), blancos, de cerámica terminada a la alta temperatura y brillantes y ligeros. Qué ilusión comenzar.