Gastronomía

Nube viajera: Anduve por ahí de bar en bar

Me encantan los bares bien puestos. Se dice fácil pero pocos propietarios de estos felices establecimientos entienden lo que un asiduo requiere
viernes, 1 de octubre de 2021 · 01:20

 Yo que soy estética de corazón creo que la puesta en escena es fundamental. El otro día estuve en un bar con papel tapiz de esos cursis que me gustan, con taburetes de terciopelo -aunque con respaldo-, y una iluminación que invita a otro y a otro trago. Esa noche vi pasar mucha gente, hablé de las cochinadas que ando haciendo últimamente y también de caminar en París y mostrar lo que adoro esa ciudad. 

Un buen trago solo existe con el vaso o cristalería perfectos. Es decir, una cuba -con mucho hielo, mucho Bacardí y poca Coca como me enseñaron a pedirla-, sabe a gloria en el clásico jaibolero con circunferencia de poco diámetro en cualquier cantina de la Ciudad de México, pero quizá, por ejemplo, en casa del Gordo mi amigo sólo se pueden servir en vasos Riedel medio de whisky; y en la mía, en los nuevos vasos de cristal cortado pesados a la antigüita.

Ahora que soy de nuevo fan de las margaritas, los vasos que las contienen me parecen clave. Y digo vasos porque me gustan más poco dulces y servidas con buenos hielos que frozen en esa copa rara y divertida con terminación medio ovalada en su cuerpo. Las margaritas de Ticuchi me encantan.

¿Te acuerdas cuando te enseñé a hacer martinis?. Cómo olvidarlo. Y hasta copas de triángulo invertido con boca muy ancha compraron (de cristal evidentemente). In and out los martinis, ginebra no muy elegante ni perfumada y un chingo de aceitunas que a mi sí me gustan. Por ejemplo, una vez cené en el Cipriani en Londres con Edgar Núñez y otros personajes que omito para evitar los celos y el martini me lo trajeron en la copa en la que sirven los bellinis. ¿Qué es eso?. Tache, pero qué bien la pasamos. 

De las copas Pompadour no voy a hablar porque ya lo he hecho y porque como Tulum me chocan últimamente, pero tuve mi momento. Pero regreso a los bares. Las barras me fascinan y me divierte su movimiento y hasta caos. Estuve hace poco en la de Fran en Polanco gozando de unos huevos rotos muy, muy bien hechos, jamón con picos y estupendos bancos que acomodaban perfectamente mis cortitas piernas. Y bueno, no omito una de mis favoritas por ahí en Vendome en donde hace poco me decoré con flores mi chonguito y sonreí mucho. Y haciendo memoria, también la barra de mi amigo Pedro Evia en Kuuk. Ese bar hermano, ahora que vuelvas de Madrid nos sentamos juntos a conversar como nos gusta. 

Hace poco me robé muchísimas servilletas (de papel, ojo) de un bar elegantísimo en el que me había seducido a los bartenders con chocolates de Ducasse para que me sirvieran un martini más antes del “last call”. Y estos días voy a buscar un par más bajo la premisa de que felicidad que no provenga del alcohol es ficticia. Salud