Con chiquihuite nuevo me sentía la “muy muy” y me vi recorriendo los pueblos de los valles centrales metiéndole –porque para eso es, para meter el itacate y la compra–, quelites, flores, frijoles y arroz. Yo soy, como la luna, de fases, no siempre brillo igual ni siempre me oculto por las mismas razones. Hay días en los que soy claridad generosa y abierta; otros, como ahora, en los que me repliego, me guardo, me reconstruyo en silencio. Todo pasa.
Por poderosa y arriesgada ha sido tan importante habitar y vivir Oaxaca en este ciclo mío. Como en San Agustín Etla, en mis ciclos vive una capacidad de transformarme con paz de escuchar el agua que corre alrededor y sobre ese centro cultural mágico. Es que Toledo lo vió todo. En mis fases, como la luna, llevo en mí el pulso de lo cambiante y lo ancestral –como Oaxaca–. No soy constante en la forma, pero sí en la esencia.
Necesitaba comer todo lo que comí. El alma, el cuerpo y la vida me lo pidieron y se los di. El manchamantel con jurel por encima de Alfonsina me conmovió y como que me desenchuecó. Los huevos con machaca de Punta Pájaros me alimentaban la panza y el corazón tanto como lo hizo el sonido del baile de las olas y el aguachile de camarón con mango de ese mar. De Cocina de Humo me quedo en la memoria un tamal quebrajado de cilantro en caldo de gallina y la salsa de jitomate pajarito con huevo esponjado y carne de puerco, gracias Thalía por compartir tu árbol, tu patio y a Paula. Y Criollo, híjole, ese lugar es sanador, memorias, recuerdos, tacos, vinos, amigos, amores y, esta vez, una enmolada soñadora y Luis Arellano generoso con su tiempo, su cocina y sus historias. Mucho te aprendí, agradecida.
De Don Román en Teotitlán del Valle unas velas, –mi altar crece, prendo más y más por mí, por ti y por todos mis compañeros–, tan bonitas, tan importantes, tan parte de mí ya. Además, me voy con un proyecto de telar azul añil sobre el cual pienso comer todos los días: un tapete-homenaje.
Aprendí del mar de fondo, de pozontle, y muy poco, porque sigo sin entender, de pitaya y pitahaya. Bebí mucho Malvar de Alto de Pioz, del Páramo Alcarreño, más blancos españoles en mi chiquihuite. Bebí agua de chayote, muchísimo jugo verde y comí mangos, ataúlfos, petacones y de los del camino de la huerta de mangos pasando Manialtepec. Y bailé con ellas y con Cheque en la plaza, una hora entera, salsa, reguetón, mambo y canciones de amor. Y así, voy llenando el chiquihuite.