La ciencia del comer

¿Qué es el idioma organoléptico?

Los alimentos no sólo nos ayudan a nutrirnos, también son una experiencia sensorial que conectan el cerebro y el entorno

¿Qué es el idioma organoléptico?
El idioma orgánico Foto: Especial

Comer va más allá de nutrirse o saborear es interpretar. Cada plato nos habla en un idioma que todos comprendemos, aunque pocos sabemos nombrar. Ese idioma es organoléptico, la suma de percepciones que captamos con los sentidos y que se convierten en experiencia gastronómica.

El término proviene del griego órganon (órgano, sentido) y lépsis (captación), y se usa en enología, catas de café, crítica culinaria o simplemente en la vida diaria, cuando decimos que algo es “demasiado ácido” o “suave al paladar”. En realidad, estamos usando palabras de ese diccionario invisible.

El periodista gastronómico Harold McGee, en La cocina y los alimentos, recuerda que “cocinar es traducir la naturaleza en cultura”. Quizá ahí radica la magia: en que cada plato es un texto que habla de nosotros, de nuestra memoria y de nuestra relación con el mundo.

La gramática de los sabores

Durante siglos, se habló de cuatro sabores básicos: dulce, salado, ácido y amargo. A inicios del siglo XX, el químico japonés Kikunae Ikeda identificó el umami, esa “deliciosidad” presente en caldos, algas o quesos curados. Hoy la ciencia propone otros posibles términos para ampliar la gramática: el oleogusto (sensación grasa) o la kokumi, esa plenitud que da un guiso largo y redondo en boca.

Cada sabor funciona como una palabra. El dulzor acaricia, el ácido despierta, el amargo advierte, el salado equilibra, el umami sostiene. Juntos, más el juego de aromas (un vino puede tener cientos de moléculas volátiles) y texturas (crujiente, cremoso, efervescente), construyen un discurso que se lee en el paladar.

El cerebro, ese chef invisible

Aquí entra la neurociencia. El sabor no existe en la lengua, sino en la mente. El neurocientífico de Yale Gordon M. Shepherd, en su libro Neurogastronomy, explica que lo que llamamos “sabor” es una construcción cerebral que integra estímulos químicos, recuerdos y emociones. Comer es, en cierto modo, un acto de imaginación.

Desde Oxford, el psicólogo experimental Charles Spence ha mostrado cómo la música, la luz o el color del plato transforman nuestra percepción. Un chocolate acompañado de violines agudos se percibe más dulce; con contrabajos, más amargo. Su campo de estudio, la gastrophysics, revela cómo el contexto es parte del menú: el mismo vino no sabe igual en copa de cristal fino que en vaso de plástico, ni la misma fresa es igual si se come en un picnic campestre que en una sala de cata.

Esta visión convierte al comensal en un coprotagonista: cada persona, con su memoria, cultura y expectativas, “reescribe” el plato en su mente.

La memoria en el plato

Por eso, un aroma de canela puede despertar en segundos la cocina de la infancia, y un crujido puede evocar las meriendas de adolescencia. El sistema límbico, donde residen la emoción y la memoria, está íntimamente conectado con el olfato. Cada bocado es, en realidad, un viaje biográfico.

No es casual que los grandes chefs trabajen con esa carga emocional. Ferran Adrià solía decir que su objetivo no era solo alimentar, sino provocar preguntas. Grant Achatz, en Chicago, ha servido platos acompañados de globos comestibles inflados con helio aromatizado, obligando al comensal a integrar sorpresa, juego y sabor en una sola experiencia.

Chefs como poetas sensoriales

En la cocina contemporánea, muchos chefs se han convertido en narradores organolépticos. Ferran Adriàrevolucionó El Bulli explorando cómo deconstruir sabores y emociones, y mostró que la sorpresa puede ser un ingrediente más. Heston Blumenthal, en The Fat Duck, sirvió su famoso plato Sound of the Seaacompañado de auriculares que reproducían olas, demostrando que el oído también alimenta. Y Grant Achatz, en Chicago, sorprende con globos comestibles y aromas en el aire que convierten la cena en un espectáculo multisensorial, casi teatral.

Pero no hace falta cruzar océanos ni sentarse en restaurantes con lista de espera de meses para experimentarlo. Un mole oaxaqueño, con sus más de 30 ingredientes, es un tratado sensorial tan complejo como una ópera. Una paella al borde del Mediterráneo, impregnada de humo y sal, tiene la capacidad de ser paisaje y memoria en un solo bocado.

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