Aprender sobre el mundo de la alta cocina requiere disciplina y un gran temple, casi como entrenarse en un arte marcial. La gastronomía no es una profesión para todos, especialmente porque la vocación por el servicio es fundamental y eso a veces exige sacrificios.
“Llegué a un país nuevo, lejos de mi familia y amigos; el nivel de exigencia era tremendo, como empezar de cero. Tuve un choque emocional y entonces recordé que yo había practicado kung fu durante años y una de las cosas que aprendí con esa disciplina es a salir adelante, no importa la circunstancia”, relata el chef Gerardo Abraham García Jiménez sobre su experiencia en Denia, Alicante en el restaurante del chef Quique Dacosta donde fue practicante.

El arte de la perfección
La diferencia que existe entre cocinar en un restaurante de alto volúmen donde cientos de personas buscan saciar el hambre, un restaurante de especialidad donde el cuidado al detalle se deja ver en cada preparación, y un restaurante de alta cocina en el que el perfeccionismo es el estandarte, es abismal.
“Las primeras dos semanas, se me hicieron muy difíciles porque teníamos el restaurante lleno. Para un restaurante de tres estrellas Michelín de 40 sillas, tener más de 25 comensales ya implica un reto. El chef estaba tan ocupado que no tenía tiempo de capacitarme de manera correcta. Incluso me dijo ‘lamento no poder estar aquí enseñándote, pero tienes que aprender así. Yo tengo que estar en el pase para sacar el servicio, así que aprende rápido y haz las cosas bien’ y se fue”.
Cuando Gerardo cayó en cuenta de que tenía que reaccionar rápido y adaptarse a la situación tal cual se presentaba, hizo una pausa para replantearse y regresó más motivado que nunca. “Así fue como logré dominar cada proceso y técnica que aprendí, en las áreas de pescados, repostería y arroces. Además, mejoré mi nivel de inglés y cuando menos me di cuenta ya estaba sacando el servicio de un restaurante de 3 estrellas Michelin sin ayuda” pero siempre bajo la supervisión de dos chef connacionales que le ayudaron en su proceso: Carolina Álvarez y Guillermo Chávez, agrega.

Si algo ha aprendido en el camino es que son estas experiencias las que han alimentado la confianza en él y en sus empleadores. “Estas oportunidades aparecen una vez en la vida, así que hay que tomar al toro por los cuernos, aprovechar la oportunidad al máximo y demostrar que fui elegido por mi capacidad de liderazgo, entusiasmo, profesionalismo y habilidades culinarias aprendidas gracias mi carrera y de las personas tan maravillosas con la que he coincidido”, puntualiza.
